Sandra
Cuando me quise dar
cuenta el despertador había empezado a sonar con su martilleante sonido.
Me dormí cerca de las cuatro, estaba muerta por los nervios, hoy,
empezaba mi nueva vida como universitaria en la Universidad Complutense
de Madrid. Para mis padres costear esa universidad era fácil, eran los
directores de la cadena de supermercados Mercadona. Y aunque nuestra
casa estuviese en el centro de Madrid, en plena Plaza de Callao, para mí
me suponía un agobio. Madrid no estaba hecha para mi ni yo para ella,
era una relación amor-odio que empezó desde que tenía uso de razón. Me
levanté de la cama emitiendo un largo bostezo. No estaba acostumbrada
acostarme tarde para levantarme temprano. Revisé el móvil por si tenía
algún WhatsApps, y al ver que no era tan importante, decidí dejarlo
cargando. Aunque yo no era de estar utilizando el móvil en clase, me lo
llevaría por si surgiese alguna urgencia para avisar a mis padres. Aquel
día sólo tendría las presentaciones de las primeras asignaturas del
primer Cuatrimestre del primer año. Salí de mi habitación y me encontré
con mi padre, quién, estaba a punto de marcharse al despacho en plena
Avenida Castellana. No sé por qué no podían tener estrés, yo, nada más
verlos, comenzaba el día con mucho, mucho estrés.
- Hola, Papá -
- Buenos días Sandra ¿Cómo me queda la corbata? ¿Cuál te gusta más? ¿La roja o la azul?
- ¿Reunión?
- Sí
- Mejor la Roja.
Era nuestro código de
conversación. Él, y su mente, porque aquel día estaba más dispersa que
una mosca, marcaron que para las reuniones, cogería la corbata roja, y
para una entrega a un cliente, la azul, él y sus normas, él, y sus
códigos. Me sonrió y se colocó, como pudo, la corbata, sin mucho éxito,
pues mi madre, siempre tenía que dar el último retoque a la apariencia
de mi padre. ¡Hombres! Entré en la cocina justo cuando mi padre cerraba
la puerta de casa y me dejaba a solas con mi madre. Ella tendría el
trabajo por la tarde.
- ¿Nerviosa? -me preguntó nada más sentarme, ella, lo hizo en la otra
- Sí -respondí -Aunque supongo que conforme pasen los días, se me pasará.
- Esos son los nervios del primer día, después, todo lo demás, viene sólo.
Suspiré. Si esa frase
fuese verdad, todos seríamos un poquito más felices, nos enamoraríamos, y
dejaríamos que el tiempo avanzase, porque todo lo demás, viene solo,
como me dice mi madre. Me preparé un vaso de leche con Cola-Cao, podría
empezar la universidad, pero nunca, dejaría mi devoción al Cola-Cao, lo
prefería antes que al café. Y como sucedía cada mañana mi madre empezaba
a quejarse de la poca alimentación que llevaba en el desayuno.
- ¡Tienes que alimentarte mejor! Te espera una jornada dura e intensa para que solo puedas tomarte un vaso de leche -
- ¡Ayyy, mamá! Después
en la cafetería me tomaré algo, no te preocupes por eso. Además, con los
nervios que llevo encima, sólo me puede entrar esto
- Pues a ver si tengo que intervenir yo... Me voy a arreglar, he quedado con tu tía Ana para ver el regalo de Andrea
- ¿Cuándo es el cumpleaños de la Tita Andrea?
- Dentro de una semana
- ¡Qué prisas!
- Prisas ninguna, así le
vemos un regalo antes de que se junte con el cumpleaños de tu primo, y
tus tíos de Francia, que por cierto, para la semana que viene, se quedan
a dormir, así que, el cuarto lo quiero ver como los chorros del oro.
- ¡Sí, mamá!
Bebí lo que quedaba del
vaso de leche y lo dejé en el fregadero. Me quedé parada, absorta en las
manecillas del reloj que había en la pared. Las siete y cuarto. Aún me
quedaban una hora y quince minutos para entrar en la universidad. Volví a
mi habitación y abrí la ventana para ventilarla. Y mientras escuchaba
lo nuevo de Auryn, Electric, comencé a ordenar la habitación para ver
qué me ponía ese día. Necesitaba marcar estilo, la vida del instituto
quedaba atrás, ahora, por delante, necesitaba marcar algo que no fuese
hortera, necesitaba estar a la última, para no quedarme atrás.
- Baja un poco el
volúmen, que se oye desde la cocina -me dice mi madre, quejandose, por
el nivel de la música. Es un sacrilegio bajar el volumen de una canción,
con cualquiera, la música es lo único bueno que ha hecho el ser humano.
Me desprendí del
pantalón del pijama y sentí el frío en mis piernas. La piel se me puso
de gallina, y mis dientes, castañearon, rápidamente, me enfundí en los
vaqueros que había en la silla, y me abroché el botón para intentar que
el frío desapareciese lo más rápido posible. Volví sobre mis pasos y
abrí el armario donde tenía todos mis zapatos. ¿Qué me pegaba mejor?
Cogí las botas Panamás de color marrón que siempre me habían gustado. Me
las habían regalo mis padres por mi decimooctavo cumpleaños. En ese
momento caí, en Diciembre, cumplia diecinueve y aún no le había dicho
nada a mis padres de lo que quería, sinceramente, me despreocupaba, la
verdad. Como decía Albert Espinosa, la vida no está para sumar años,
sino para sumar experiencias. Me calcé las botas, ya solo me faltaba
ponerme la parte de arriba y estaría lista. Pasaba de maquillarme, a no
ser, que fuese de noche y hubiese quedado con mis amigas, lo cual, no
suecedía con frecuencia. Abrí el armario y descubrí la blusa blanca que
había heredado de mi madre. Me quité la camiseta del pijama, y al igual,
que sucedió con la parte de abajo, la piel, se me puso de gallina al
sentir la fría brisa que entraba por la ventana. Rápidamente, me puse la
blusa, y traté de entrar en calor. Una chaqueta para después no me
vendría mal. Hice la cama. Miré el reloj en la pantalla del móvil, las
ocho menos cuarto. Para ir a la universidad tardaría media hora en el
autobús de línea, así, que, aproveché, y cogí la mochila, las llaves, y
el móvil, para ir con tiempo a la universidad. Antes de salir me despedí
de mi madre, quién, me volvió a insistir en que dejara los nervios
fuera de la univerisdad. Le dije un sí seco, y abrí la puerta de
entrada. Revisé que tenía todo y lo volví a cerrar. El ascensor ya
estaba en mi planta, abrí la puerta, y pulsé el botón de la Planta Baja.
Le había perdido el miedo a los ascensores. Sí, era claustofobica. Le
tenía pánico a los sitios cerrados. Llegué a la planta baja y salí del
edificio. Madrid parecía no dormir nunca. Por suerte, debajo de mi casa,
había un parada. Así que me senté, y esperé a que el autobús decidiese
venir. Y justo en el momento en el que heché la vista a un lado y al
otro lo ví. Enfundado con unos vaqueros rotos, con las mismas botas que
llevaba yo pero de chico, con una camiseta gris de Adidas, y con una
chaqueta negra, esperaba en la misma parada que yo. Tenía los ojos
verdes, y el pelo rubio engominado. Me sonrojé. No lo conocía, pero, con
esa pose, transmitía algo. Algo que me hizo perderme en el juego del
amor. Recé para estar equivocada, pero, como decía mi madre, todo, venía
solo.

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